J. Ignacio Mancilla*
La entrega 88 de los Oscares
tuvo de todo, como en botica. Lo primero a resaltar es la parodia, durante toda
la ceremonia, de la exclusión de los negros; cosa que, la verdad, lo hubieran
hecho mejor “Los Polivoces”.
Pero, en fin, nada es
perfecto en esta vida.
Al final de cuentas, algo
que valdría la pena analizar con más calma es la “repartición democrática” de
los Oscares (ja, ja, ja) y que, finalmente, por razones más de política y de
“justicia” (entrecomillo el término), la Academia haya concedido en darle el
Oscar al mejor actor a Leonardo DiCaprio, por su papel en El Renacido (The
Revenant, Alejandro González Iñárritu, 2015).
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| Fotograma de The Revenant, tomado de Telegraph |
Suele ser extraño, por decir
lo menos, la forma en cómo la Academia de Ciencias y Artes entrega los tan
codiciados reconocimientos.
Muchas veces dejan muy mal
sabor de boca, y fue lo que pasó esta ocasión.
Por lo menos a mí, y no es
que hable en general de la capacidad histriónica de DiCaprio y de Redmayne;
sino que, en concreto, la Academia tuvo dos actuaciones específicas para poder
decidir, acertadamente, y no lo hizo.
La competencia real era
entre lo protagonizado por Eddie Redmayne en La Chica danesa (The Danish Girl,
Tom Hooper, 2015) y lo actuado por Leonardo DiCaprio en El Renacido (The
Revenant), y optó por ceder ante sus propias injusticias, dejando de lado, en
cierta medida, el tema de la actuación.
Desde mi muy particular
punto de vista, Eddie Redmayne se lleva de calle, actoralmente, a Leonardo DiCaprio, en lo que respecta a lo mostrado por ambos y en sus respectivas
películas, que fueron las consideradas para adjudicar el preciado Oscar a la
mejor actuación masculina.
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| Fotograma de The Danish Girl, tomado de NBC New York |
En el caso del primero
estamos ante una actuación más que fina, excelsa, siempre mesurada y bastante
diferenciada cuando hace de hombre y cuando hace de mujer.
Sin tantos aspavientos,
logra imbuirse en el personaje femenino, marcando todo el tiempo, corporalmente
y gestualmente, su cambio de ser.
En el caso del segundo, sí,
hizo un gran esfuerzo físico, pero, ¿ese será el mejor criterio para poder
distinguir una buena actuación de una excelente?
Me temo que no,
independientemente de que la famosa Academia diga lo contrario; para mí,
Redmayne debió haber ganado el Oscar a la mejor actuación; solamente espero que
en un futuro no se lo entreguen por el proceder “injusto” de la propia Academia
y dejen de lado, en esa ocasión, si su nivel histriónico es merecedor de
recibir la distinción.
Ya lo veremos en las próximas
entregas de los Oscares, la 89 y la 90.
Otra cosa que no puedo dejar
de mencionar es que, al parecer, el espectáculo se reduce a vender, lo que sea,
con tal de vender; como sucedió en la propia ceremonia de premiación.
¡Qué pena!
¿Y el cine como expresión
artística e histriónica?
Creo que al respecto esta
entrega dejó mucho que desear, pero no es la primera vez ni será la única que
ocurrirá lo que ya es histórico en el proceder a la Academia.
*J. Ignacio Mancilla
militante de izquierda (casi solitario).
Lacaniano por convicción
y miembro activo de Intempestivas,
Revista de Filosofía y Cultura.]


