Mostrando las entradas con la etiqueta periodista. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta periodista. Mostrar todas las entradas

viernes, 16 de junio de 2017

Cuando se es fuego (Iñaky) y otro/otros apagan tu fuente (matrix) vital


[Lo que sigue es la presentación que hice en el evento Rostros de la canallada, organizado por Villa Psicoanalítica en el Museo López Portillo, el pasado 19 de mayo. Agradezco a Víctor Villarreal la invitación al evento.]



Cuando se es fuego (Iñaky) y otro/otros apagan tu fuente (matrix) vital. Una orfandad impuesta violentamente por un Estado canalla

J. Ignacio Mancilla*





¿Y los niños? ¿Dónde están los niños?
¿Qué les duele, qué rabia incuban,
qué chingados saldrá de su resentimiento?
¿Cuánto dolor hace falta para pensar en los niños?

Javier Valdez (1967-2017).




¡Vaya sorpresa!


La verdad nunca pensé ni mucho menos me imaginé, francamente, que a los pocos días de haber comprado el libro Huérfanos del narco. Los olvidados de la guerra del narcotráfico (Editorial Aguilar, México, 2015), de Javier Valdez Cárdenas (1967-2017), este autor sería asesinado, como ya tantos periodistas en México y dejaría, así, de esta forma, a sus hijos huérfanos.




Javier Valdez

Pero como dice Adolfo Gilly, nuestro país, México, vive en plena vorágine de violencia.

Es decir, vivimos y morimos en un país que se desmorona por la violencia y con unas autoridades no solamente omisas sino incluso canallas, pues muchas veces son cómplices primero de las desapariciones y después de los asesinatos; sea por participación directa o por omisión.

Y los empresarios, como Alejandro Martí, defienden incluso las ejecuciones sumarias como la de Palmarito, diciendo que él pagará la defensa del soldado ejecutor.

¡Qué viva el Estado de excepción!   

Así están, lamentablemente, las cosas en México en lo tocante a la justicia, postergada todo el tiempo, por los siglos de los siglos…

Pienso, la verdad, que no es con ejecuciones sumarias que lograremos la tan denegada justicia, maltrecha, muchas veces, por el propio aparato estatal.

Pero…

… Esta tarde me voy a ocupar de una de las historias reproducida por Javier Valdez en su libro ya mencionado, y que de manera magistral, con una prosa clara, sencilla y muy sintética y al mismo tiempo llena de metáforas, nos sumerge en el lado oscuro de este México nuestro.

Esto como una forma de ver a otra luz esa tétrica lógica de números y estadísticas que nada nos dicen sobre las vidas concretas y sus genealogías; en pocas palabras, Valdez nos narra sus historias familiares, las de las mujeres y hombres desaparecidos y asesinados; ya por los criminales, ya por el propio Estado.

¿Acaso hay una clara línea divisoria entre unos y otros?

Lamentablemente, ni la linterna de Diógenes nos ayudaría, aquí y ahora, a disipar las tinieblas  de estos tiempos oscuros en los que políticos y criminales atraviesan, permanentemente, esa frontera gris que separa lo legal y lo ilegal.

No obstante, creo, nos toca ser flama y fuego, como Iñaky, para seguir sosteniendo la vida de todas y todos en esta hora de duelos y tristezas.

Y poder dar comienzo a la recomposición del tejido social, tan dañado, a partir de políticas otras.



Rostros de la canallada



La vida de Iñaky y su familia, reproducida por Javier Valdez


Va, pues, retomada a mi manera, esta doliente historia, que es la primera que nos cuenta Javier Valdez en Huérfanos del narco.

Iñaky le pregunta a su abuela: “¿Tú me amas, abuelita?”.

Así empieza la narración de esta terrible historia, una más de tantas desapariciones en este atribulado país en el que sus políticos destacan por dos cosas fundamentalmente: su incapacidad y su impunidad, como nos indican las noticias recientes. 

Iñaky tenía apenas dos años cuando su madre despareció en condiciones que hoy, cada día, a pesar de su carácter ordinario, se presentan como terribles: después de un “simple” accidente de tráfico.

Antes de continuar con esta tristísima historia, hablaré de la familia de Iñaky, de su des-composición estructural a partir del “accidente” de tráfico que llevó, primero a la desaparición de la mamá de Iñaky y, posteriormente, al encuentro siniestro de su cuerpo, pues había sido, como tantas y tantos otros, asesinada.

Este hecho, a todas luces escandaloso, lamentablemente cada vez es más normal en México.

Es esto lo que imposibilitaría, en alguna medida, cierta recomposición de la familia; es decir, las “huellas” de la desaparición y del crimen han marcado profundamente la vida y las subjetividades de esta singular familia, como lo es cada familia de este atribulado país.


El núcleo familiar de Iñaky


·         La madre de Iñaky, Brenda Damaris González Solís, de 25 años.
·         La abuela, Juana Solís Barrios, de 50 años.
·         El padre de Iñaky, ausente, Francisco Abraham Celestino González.
·         La tía y los tíos: Janeth, de 34 años; Juan Antonio, de 32 años y Abraham, de 25 años.
·         Aldo, el cuñado de Brenda.
·         Aldito, el primo de Iñaky, apenas cuatro meses mayor que Iñaky.
·         La abuela de Brenda Damaris, de 65 años de edad.
·         Y el padre de Brenda.


La siniestra historia, una más de este México en vilo


Todo comienza con una llamada de ayuda, al cuñado, Aldo y un llegar tarde, por parte del hermano, Abraham, al lugar de los hechos; del accidente.

A partir de ahí, toda la familia se desarticula en aras de la sustracción, forzada, de Brenda, a quien ya no volverán a ver con vida.

A Aldito, el primo de Iñaky, le aparece un “soplo” en el corazón, como consecuencia de la depresión y de la situación emocional de toda la familia; “soplo” que por fortuna se corrige.

La abuela de Brenda fallece debido a una neumonía y un paro cerebral, pero Juana, la hija (madre de Brenda), sostiene que lo que la mató fue la “desolación”, pues la abuela adoraba a Brenda.

Abraham, el hermano más cercano de Brenda, nunca volverá a ser el mismo, pues agobiado por la culpa de no haber llegado a tiempo, es tomado por la depresión y empieza a ser hostil incluso con su propia mamá.

Tanto él como su hermano, Juan Antonio, se tatuarán a la hermana en sus cuerpos; Juan Antonio en el brazo y Abraham a lo largo y ancho de su espalda, “como un corazón que lo cuida de las traiciones y el mal” escribe en su narración Javier Valdez.

Al padre de Brenda, el esposo de Juana, lo despiden de su trabajo días después de la desaparición de Brenda, pues éste no logra concentrase en las tareas del trabajo.

Nos narra Javier Valdez, hoy también asesinado:

“Iñaky llora. Cuando se encuentra por fin con su primo Aldo, inseparable y cariñoso, lo abraza y entonces es Aldo quien llora.

“Abraham ve esto y también empieza a llorar.

“Juana llora porque todos están llorando, pero cuando Iñaky ve que su abuela tiene los ojos mojados y ha formado ríos en sus mejillas y bajo las fosas nasales, pregunta qué tiene. 

Ella responde: me cayó una basurita.

“<<¿Una basurita, abuelita? Lo mismo me dice mi tío Abraham>>, responde el menor.

“Luego pregunta cuándo va a llegar su mamá.

“Pronto. Un día, un día.

“Pero Juana sabe que necesita darle otra versión, quizá enfrentar esa realidad que esquiva pero que por dentro le tiene una espada encajada en el abdomen, en todos sus centros”.

La familia nunca volverá a ser la misma, primero la incertidumbre y la luego la certeza del asesinato de Brenda, una vez encontrado el cadáver; ese “resto” de nuestro paso por la vida. Desaparición y “resto”, calaron hondo en la estructura familiar y en la subjetividad y vida de cada uno de los miembros de esta familia mexicana, maltrecha por la violencia y por el terrorismo de Estado. 

Es por eso que Iñaky, con la candidez de todo niño, pregunta:

“<<Tú me amas, abuelita>>…

“… Ella contesta que sí. Él insiste. Y es que el diálogo no puede quedar así, y menos con Iñaky ahí, cerca. <<¿Y todos aquí me aman?>>, pregunta. Y le responde con dos silabas: <<Todos>>”.

Todo empezó el 31 de julio de 2011, en la madrugada, con un simple accidente de tráfico.

Meses después, el 17 de octubre del mismo año, Brenda sería encontrada ya muerta, ¿quiénes fueron los asesinos y cuáles sus motivos?

No hay respuesta, como en miles de casos más; lo único cierto es que al país se lo engulle día con día la muerte violenta.

Y los políticos tan campantes, como si nada pasara, haciendo promesas, como si siguieran en campaña y no fueran, ya, funcionarios con responsabilidades muy concretas; una de ellas la de imponer la Ley, por el bien de todas y todos.

Y los políticos sacando raja, es decir dinero, de sus puestos, sin que le importe la sacudida moral de todo el país.

Y los políticos cubriéndose las espaldas, unos a otros, para seguir aspirando, una vez que pasen los escándalos, a seguir siendo representantes de la Ley, para burlarse de ella y de todas y todos nosotros.

Pues, ¿a quién le importa?

¿Acaso nos importa?

¿Nos importa nuestro país?



En la Casa Museo López Portillo




Guadalajara Jalisco, Museo López Portillo, 19 de mayo de 2017. 
[Fecha original].






*J. Ignacio Mancilla


[Ateo, lector apasionado, 
militante de izquierda (casi solitario).
Lacaniano por convicción
y miembro activo de Intempestivas,
Revista de Filosofía y Cultura.]

 





viernes, 31 de marzo de 2017

Hacer algo con nuestro coraje contra el miedo


J. Ignacio Mancilla*






“En el corazón del siglo, entonces, está el Crimen
que da la medida de todos los crímenes, el exterminio
de los judíos de Europa. El siglo es un siglo maldito”.

Alain Badiou, El siglo

“No quiero formar parte de la terrible catástrofe,
de este siglo maldito. Presiento un odio que no
tendrá explicación”.

Adriana Abdó, Apreciable señor Wittgenstein




Escribo esto con mucha rabia y dolor, pensando en el vil asesinato de Miroslava Breach, la corresponsal del periódico La Jornada en Chihuahua.

Rabia contra la impunidad criminal; ya la del crimen organizado, ya la del gobierno (¿en realidad los distinguen?, amables lectores. Yo, no).

Dolor porque el país lo han convertido, políticos y criminales, en un camposanto clandestino. Lamentablemente.

Al mismo tiempo, quiero rescatar un excelente texto de filosofía, Ira y tiempo (de Peter Sloterdijk, Editorial Siruela, 2010), en el que, precisamente, se pondera el papel que ha jugado el arrojo en la construcción de Occidente; y de cómo, ahora, la bravura se ha reducido a una expresión patológica, en la medida en que las instituciones sociales (sindicatos, partidos, etcétera) han dejado de canalizar la rabia para, así, potenciarla como instrumento de transformación social.

Y no solamente pienso en Miroslava, sino, también, en todas y todos los periodistas que han sido victimados desde el año 2000; en los sexenios de Vicente Fox (10), en el de Felipe Calderón (60) y en lo que va del periodo de Enrique Peña Nieto (33): 103 en total.

No se nos olvide que el 2018 tendremos la posibilidad, si usamos bien nuestro arrojo, de pasarle la factura a la insensible e irresponsable clase política que nos ha gobernado desde el año 2000, por lo menos; clase que ha demostrado una completa ineptitud para solventar su responsabilidad en los cargos que ocupan, en tanto lo que se juega, finalmente, más allá de ellos, es el destino de la nación.

Y en este tenor, priístas, panistas y perredistas no se distinguen, a cual más de mediocres; como no se diferencian criminales de políticos. Lo que es terrible.

El texto de Sloterdijk hace un buen balance filosófico e histórico, guiado por la categoría heideggeriana de tiempo, de la ira: ¿Es posible recargar, bajo las condiciones actuales, tan importante emoción, para catapultar las transformaciones que nos exige el desquiciado (¡ay, Hamlet!) tiempo nuestro?

Esta es la pregunta fundamental.

Mientras tanto, nos queda claro que mientras no asumamos una posición activa contra el miedo, utilizando contra esa emoción, inculcada, la audacia, poco o nada podremos hacer por nuestro país y por el mundo en el que nos ha tocado vivir y… morir en las condiciones de abyección ya descritas.

Cabe recordar, amables lectores, que en 10 años de una guerra estúpida contra el narcotráfico van más de 200 mil muertos y más de 30 mil desaparecidos.

Más muertos que los que le costó la aventura bélica a Estados Unidos en Vietnam; y el mismo número de desparecidos que causó la cruel dictadura chilena de Augusto Pinochet.

Todo ello bajo la supuesta transición democrática y la alternancia de los partidos en el poder. Pero, ¿en verdad se distinguen?

Es importante que mencionemos que bajo esta lógica mortífera, el mundo se desangra en aras de mantener o incrementar las tasas de ganancia del capital, esa fuerza vampírica que para poder subsistir necesita de sangre nueva todo el tiempo (Marx dixit); la sangre de todas y todos nosotros, las y los trabajadores vivos que con nuestro trabajo reproducimos la riqueza (sangre) que el capital/vampiro necesita para subsistir.

¿Seguiremos aceptando el rol de víctimas, de nuda vida, tragándonos nuestro coraje y alimentando, día con día, nuestro pavor?

En 1994 los zapatistas, con un grito de valentía, ¡Ya Basta!, nos enseñaron la dignidad y otras cosas de suma importancia. Es hora de que los recuperemos y reivindiquemos, con ellas y ellos, nuestra memoria y nuestra historia. Desde abajo.

No obstante ello, el balance de lo que va del siglo XXI no es alentador con respecto a la dimensión criminal del sigo XX (ver de Alain Badiou, El siglo, Editorial Manantial, 2005).

De modo que, desde esta modesto Blog, lleno de rabia, exijo:

¡Castigo a los asesinos, materiales e intelectuales, de Miroslava Breach!  

¡Condena contra los criminales, organizados o estatalizados!


¡Cárcel para los políticos corruptos, de todos los partidos!



Miroslava Breach



  *J. Ignacio Mancilla


[Ateo, lector apasionado, 
militante de izquierda (casi solitario).
Lacaniano por convicción
y miembro activo de Intempestivas,
Revista de Filosofía y Cultura.]